¿Por qué a veces preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer?

Puede parecer contradictorio: saber que algo no nos hace bien y aun así permanecer ahí. Desde fuera, muchas decisiones humanas parecen poco lógicas. Sin embargo, cuando miramos el funcionamiento psicológico con más detenimiento, entendemos que no siempre elegimos lo mejor, sino lo que nuestro sistema nervioso percibe como más seguro.

malo conocido
malo conocido

El cerebro busca previsibilidad antes que bienestar

Nuestro cerebro está diseñado para anticipar riesgos y reducir la incertidumbre. Lo predecible —aunque no sea agradable— suele generar menos activación que lo desconocido. Esto ocurre porque ya tenemos mapas internos sobre cómo actuar, qué esperar y cómo protegernos en ese escenario.

Lo nuevo, en cambio, obliga al organismo a evaluar múltiples variables al mismo tiempo: posibles pérdidas, cambios en la identidad, reacciones del entorno o miedo a equivocarse. Esa activación puede sentirse como ansiedad o inseguridad, y muchas veces lleva a mantener situaciones familiares incluso cuando generan malestar.

No es que la persona quiera sufrir; es que su sistema emocional prioriza aquello que sabe manejar.

malo conocido
malo conocido

La familiaridad emocional y los patrones aprendidos

A lo largo de la vida desarrollamos formas habituales de vincularnos, interpretar conflictos y responder ante el estrés. Desde la teoría del apego y otros modelos clínicos sabemos que estas experiencias tempranas influyen en lo que sentimos como “normal”.

Por ejemplo, alguien que ha aprendido a relacionarse desde la sobreadaptación puede sentir más tranquilidad en vínculos donde su papel es cuidar o sostener al otro, incluso si eso implica desgaste personal. Otro perfil puede sentirse más cómodo evitando conflictos porque aprendió que expresarse tenía consecuencias negativas.

Estos patrones no son elecciones conscientes; son aprendizajes que el sistema nervioso ha integrado como estrategias de supervivencia emocional.

malo conocido

El peso invisible de la incertidumbre

Cambiar no solo implica imaginar algo mejor, también supone atravesar un espacio intermedio donde todavía no hay certezas. Y ese espacio puede resultar especialmente difícil.

Desde la psicología hablamos de la “tolerancia a la incertidumbre”: la capacidad de sostener lo desconocido sin buscar rápidamente volver a lo familiar. Cuando esta tolerancia es baja —algo muy habitual en momentos de estrés o pérdida— el organismo tiende a volver a aquello que ya conoce, aunque no sea satisfactorio.

Por eso muchas personas describen una sensación ambivalente: desean cambios, pero al mismo tiempo sienten miedo cuando esos cambios se acercan.

¿Cómo se trabaja esto en terapia?

Una idea extendida es pensar que la terapia consiste en convencer a alguien de que cambie. Sin embargo, el proceso terapéutico suele ir en otra dirección: comprender primero qué función cumple lo conocido antes de intentar transformarlo.

En consulta, el trabajo suele pasar por varios niveles:


Dar sentido al patrón

Antes de cambiar algo, es importante entender por que ha sido útil hasta ahora. Muchas conductas que hoy generan malestar nacieron como formas de protegerse, adaptarse o sobrevivir emocionalmente en determinados contextos.

Cuando una persona comprende esto, deja de verse como “débil” o “contradictoria” y puede empezar a mirarse con más compasión y claridad.

Ampliar la ventana de tolerancia

El cambio no ocurre solo desde la reflexión racional; también necesita regulación emocional. Parte del trabajo terapéutico consiste en ayudar a que el sistema nervioso tolere mejor la incertidumbre y las emociones intensas que aparecen cuando algo empieza a moverse.

Esto puede implicar aprender a reconocer señales corporales, identificar momentos de sobrecarga o encontrar formas más sostenibles de autorregulación.

Explorar alternativas sin forzar decisiones

En lugar de empujar hacia cambios rápidos, la terapia busca ampliar el repertorio de respuestas. A veces eso significa ensayar pequeños movimientos: expresar una necesidad de forma diferente, poner un límite más claro o cuestionar una interpretación automática.
El objetivo no es sustituir un extremo por otro, sino aumentar la flexibilidad psicológica.

Integrar la ambivalencia

Querer cambiar y tener miedo al mismo tiempo es algo profundamente humano. En terapia se valida esa ambivalencia como parte del proceso, evitando lecturas simplistas de “avanzar” o “retroceder”. Comprender las dos partes permite tomar decisiones más coherentes con la propia experiencia.

malo conocido

Entre la seguridad y el crecimiento

Preferir lo conocido no habla de falta de valentía. Habla de cómo nuestro sistema nervioso intenta mantenernos a salvo con los recursos que tiene disponibles en cada momento.

A veces el cambio empieza con algo tan pequeño como observar una reacción habitual con más curiosidad o permitirse imaginar alternativas sin necesidad de ejecutarlas de inmediato.

Porque, al final, no se trata de elegir entre “lo malo conocido” y “lo bueno por conocer”, sino de encontrar un lugar desde el que decidir con mayor conciencia, respetando el ritmo propio y entendiendo que crecer también implica construir nuevas formas de seguridad.

Scroll al inicio